El anónimo Adrián

basura

Un anónimo de esos que a mí me gustan, que son los que se dejan ver porque no se esconden bajo pintorescos nicks, ha sido cazado en su desprendida manera de entender la problemática higiénica y medioambiental; el buen hombre se dedica a recorrer las cunetas de entrada/salida de su pueblo, que lo quiere ver limpio de inmundicias y huellas del desvarío consumista. Así que recoge basura y restos depositados por otr@s desprendid@s de peor calaña y condición. Armado de ánimo estético, de bolsa grande de plástico y de bicicleta practica «ecolociclismo», que será como prueba de arrastre y recogida de residuos a cambio de serenidad visual.

Ya se ha dicho que otra de las muestras de esta descuidada civilización se descifra siguiendo los márgenes de las carreteras, los márgenes de los ríos, los márgenes de costas, de las lagunas,… en fin, fijándose en lo «marginal». El remate y colofón está en los márgenes de las ciudades, allí donde hemos dado en consentir los más aguerridos anónimos.

Es que somos algo cobardones por el temor de la creciente violencia del anonimato: sucede que la recogida de la noticia fomenta el odio visceral a nuestras propias instituciones: que lleve la basura a la puerta del Ayuntamiento, culpar a la Policía Municipal que es la que no vigila y acordarse de las parentela de todas las concejalías. Esta ferocidad infecta debe tener algo de límite.

Desvelado en Adrián el sano vicio de adecentar cunetas y elevado por la mayoría de la gente a personaje honorable del día, ello no ha impedido que surjan las habituales personas -maliciosamente anónimas- que dudan hasta de lo bueno o que pervierten los hechos para acumular odio innecesario. ¿En verdad creemos que el alcalde favorece o consiente tal abandono? ¿En verdad creemos que los policías municipales se cruzan de ojos si contemplan arrojar basuras? ¿Qué nos está pasando que no pasamos una sin aprovechar la posibillidad de causar daño gratuito?

Una banderita para Adrián

Goyo
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Anónima

Cementerio

La breve y hermosa historia que me levanta el ánimo, aparece hoy de manera delicada y potente: una mujer vasca que llegó a Cáceres hace seis o siete generaciones, creyó en el teatro, en enseñar a leer a los obreros, en hacer escuelas,… en fin, en utilizar la fortuna heredada de su tío notario para redimir con cultura, con una cultura muy ajena al poderío ideológico de finales del siglo XIX y principios del XX. O eso nos tienen dicho que hay que creer: que casi nunca en aquellas épocas hubo mujeres solteras, empresarias, vascas, humanistas, progresistas, …

Para eso también están los historiadores, como Fernando Jiménez, para liberar de la injusta prisión del olvido y del desdén a las vidas ejemplares que ejercitaron valores compartidos y ritos solidarios sin artificios, …eso que supone y exige un ejercicio cotidiano de muestra sincera en lo que se hace y en lo que se cree. Sin buscar antesalas. Sin organizar comidillas de malas beatas. Sin pasear apariencias. Sin esconderse tras el nick de la modernidad. Sin utilizar de forma rastrera la opinión que cualquiera debe defender sin oscuridades.

La tumba de Juana Elguezabal Leguinazabal, su tumba, permanece periodicamente engalanada de flores; casi un siglo después de su muerte sin que, hasta ahora, sepamos más cosas de su inmenso nonimato.

Un reconocimiento honesto ha sido promovido por el Ayuntamiento de Cáceres, por si al mundo creyente del respeto a la mujer le pudiera servir el ejemplo de Juanita, de Ángeles o de Felisa la lavandera.

Pero dudo mucho que este paso hacia el terreno de la sinceridad abierta tenga algo de éxito; nos es más frecuente comprobar la abundancia de opiniones lanzadas desde la crueldad que da el anonimato, al abrigo y fomento de algunos medios, incluidas las redes sociales que permiten la bajeza.

Deberá defenderse la valía del anonimato cuando la libertad se cercene; pero en una convivencia protegida por normas democráticas, el ejercicio del anonimato es la primera semilla del mensaje con capucha, de la calumnia o del terrorismo que justifica el tiro en la nuca.

Si alguna vez me siento derrotado,
renuncio a ver el sol cada mañana…

Goyo
27-ene-11