Llevamos sufriendo calores que parecen interminables, como si una especie de terremoto solar hubiera provocado sucesivos tsunamis de altas temperaturas. Los padecimientos consecuentes no solo afectan a la salud de las personas, se extienden por el resto del mundo animal y se multiplican en todo en ámbito vegetal. Así que podemos notar si dominamos en algo nuestras obligaciones y dependencias.
Por ejemplo, tanto las plantas de interior como las de exterior requieren un mayor control de riego y protección del sol directo. Como de ordinario `paso por la Casa de Cultura se me van los ojos a las plantas de los maceteros: siguen con deficiencias de atención, Ya en tiempos subí una foto que mostraba una planta abandonada, deshidratada y muerta, en uno de los maceteros; a los pocos días fue retirada y sustituida por otra. Pero ésta no es solución correcta, lo correcto es atenderla para que no se agoste y muera ya que está al alcance y atención de diferente personal.
Otro elemento que nos presenta la casa de cultura es el trato que se aplica a las nidificaciones de golondrinas, vencejos o aviones cuando anidan en los ventanales y cornisas; es verdad que de inmediato y en el tiempo de la cría, los excrementos afean la zona; pero debe ser conocido por todos que es punible, que no se puede destruir un nido hasta que las crías no abandonen su casa. Cualquiera lo puede denunciar y de oficio, cualquiera de las autoridades tiene la obligación de informar, incluso de proponer sanción.
Ya en modo resumen, estimo que no aprecio esmero -ni por plantas, ni por animales- desde nuestro templo cultural, que es la CASA DE CULTURA, desde donde debería irradiarse ejemplo permanente de los valores que decimos airear, incluso en ésta y desde esta mal llamada I semana cultural de Casar de Cáceres, arropada con la quincena en que se mantendrá cerrada nuestra biblioteca pública.
El Estado parece cosa indiscutible para garantizar la defensa del hombre de otros hombres; salvo para los anarquistas, que opinan lo contrario gracias a que hay Estado.
Al parecer de los pensamientos recogidos por las personas que no tenían blog, hubo de esperar siglos para que un noble barón que hacía pasillos y salas con la gente poderosa, propusiese la conveniencia de asentar el poder en tres patas, quizá partiendo de la observación sólida de que las mesas no cojean cuando tienen tres patas; digamos que sería como una reflexión profunda y “popular” en el sentido perdido del término.
O, tal vez, esta famosa terna estatal provenga de aquella “trias politica”. O quizá que la monarquía no funcionó, tampoco la diarquía e intentaron la triarquía.
Don Carlos Luis ofreció a la época de finales del XVII la idea de que muy bien los pueblos podrían gobernarse mejor, si se diversificaban las tareas poderosas; si unos cuantos hombres se ocupaban del asunto de hacer las leyes, otros distintos se dedicasen a observar y cumplir su ejecución y otros diferentes desempeñasen la tarea de valorar su cumplimiento.
Modernamente esta teoría sobre el poder se denomina, en sentido estricto, separación de funciones o separación de facultades, a pesar de que considera al poder como único e indivisible y perteneciente original y esencialmente al titular de la soberanía nación/pueblo, resultando imposible concebir que aquél pueda ser dividido para su ejercicio. La teoría apareció en 1758 gracias al citado Barón de Montesquieu, y las primeras líneas maestras se escribieron cuando, en 1787, James Madison convenció al grupo de redactores de la Constitución de los Estados Unidos de América.
Claro, si esta separación se obedece en extremo por cualquiera de los tres poderes, el estado corre el riesgo de quedar inutilizado de soberanía por mera incomunicación; la dificultad estriba en que cada uno de los poderes sepa ser independiente sin dejar a un lado cualquiera de los otros dos. Para tratar del corregir esta posible desviación, el parlamentarismo inglés añadió el concepto “checks and balances” con el fin de mejorar algunos evidentes distanciamientos; la aportación inglesa se refiere a varias reglas de procedimiento que permiten a uno de los poderes limitar a otro; por ejemplo, mediante el veto que el presidente de los Estados Unidos tiene sobre la legislación aprobada por el Congreso, o el poder del Congreso de alterar la composición y jurisdicción de los tribunales federales. Cada país que emplee la separación de poderes tiene que tener, debe tener, su propio mecanismo de checks and balances.
Estamos entonces frente al eterno peligro que edificamos cada vez que hacemos partes teóricas de un problema que en la práctica sólo es uno; cuando analizamos para distinguir, corremos el peligro de hacer creer que las partes son reales, independientes, con existencia propia y autónoma y no fruto de la imaginación.
Nótese que nunca se propuso que el personal cumplidor recibiese parabienes, consideraciones, premios o regalías; antes bien, aquellos que transgredisen las normas, todo el mundo entendía que era merecedor de un castigo. Para ello era necesario que fuesen descubiertos, obligados después a declarar, detenidos si el suceso revestía gravedad, contrastada su falta con los preceptos y escuchadas las diferentes partes afectadas en el proceso; con todo ello, la figura del juez emitía un edicto naciente de su juicio, del ejercicio de comparación contrastada y del su raciocinio: construía una sentencia ya prevista por las leyes, luego no era tan independiente. De la misma forma, las personas dedicadas a confeccionar nuevas leyes debía de depender de la estructura jurídica global que las permitiese; como si fuese cierto y conveniente gobernar con el rabillo del ojo, legislar con miedo y juzgar con prudencia.
Como tengo muchas cosas que hacer, ahora no me quiero ocupar en preguntarme por qué los teóricos del Derecho Positivo no han sabido influir en componer sanciones positivas destinadas a las personas obedientes y buenas; como si pareciese más acertado dar un palo al malo que un beso al bueno, por ejemplo.
Tampoco conozco a pensadores que se hayan atrevido a disgregar aún más el poder. Para este caso, reflexionar si han de ser tres las partes separadas o han de ser cuatro o siete. ¿ Por qué tres y no más ?
Todo esto que parece sencillote y asumible, sigue fuera del criterio de los gobiernos de más de tres mil millones de seres humanos: más de la mitad de la Humanidad no vive conforme a la creencia de Don Carlos Luis; de la otra mitad, apenas se valoran sus gobiernos con el calificativo de “demócrata”, y del escasito resto humanitario, son tan lánguidas las credenciales, que aún después de 200 años seguimos pisoteando, puenteando, burlando y retorciendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Los franceses y los paisanos ingleses de las colonias en América del Norte fueron los primeros aventureros en adquirir ración completa de Democracia para asegurar la condición fraterna, libre e igualitaria del pueblo a la hora de gobernarse; a eso llamamos Democracia; sustantivo que también se usa para cosas parecidas que pecan de alguna escasez de Libertad, algún desdén de Fraternidad o alguna torpeza de Igualdad. Naturalmente, también existen mezclas diversas de deficiencias; para que ustedes lo gusten mejor, es como si comparamos un jamón de bellota de tres años de curación, con la diversidad pernil (existe aquí tanta diversidad, que la verdadera especie corre peligro).
Pues lo mismo pienso ya de la Democracia en estos tiempos; reflexionando sobre las aventuras italianas, sobre la ética de la derecha española, sobre el desamparo de la ciudadanía en los países árabes, las persecuciones chinas o el abandono sociopolítico de la sanidad de los pobres en la nación más rica y poderosa del mundo, me parece que son muy pocos los que degustan bocatas de jamón ibérico extremeño.
Una de las cosas que me siguen haciendo torpe en este embrujo social es cuando contemplo que se puede caricaturizar, criticar, burlar, insultar,… a cualquier miembro del poder ejecutivo.¿ Por qué está permitido y alentado el desprestigio de la personalidad política y decimos que a los jueces hay que respetarlos aunque no compartamos sus pronunciamientos?. A una señora diputada al Congreso se le puede decir una colección de antojos, a un ministro, colección y media; pero a un juez solo le viene bien el lacerante “no compartir su criterio”. Claro percibimos que hay una pata de la mesa como intocable, y que no nos atrevemos a cuajar el mismo respeto a las gentes que componen el poder legislativo y el poder ejecutivo. ¿Por qué no está penado con la ley decir que el jefe del ejecutivo es un bobo solemne y te puede costar más de un disgusto decir que tal jueza es una boba solemne?
Además de la incongruencia ética anterior, padecemos falta de rigorismo democrático: ¿Por qué al pueblo soberano se le ha declarado torpe para elegir al estamento judicial?.¿Por qué se autoriza al poder legislativo para elegir a los miembros del Judicial y no al revés? ¿Porqué el Consejo del Poder Judicial no puede elegir al Consejo de Ministros?. ¿ Qué produce más daño democrático, burlarse de un juez o burlarse de un Diputado en Cortes?
El Consejo General del Poder Judicial se crea como para garantizar la independencia de los magistrados frente a los otros dos poderes del Estado; sin embargo, son elegidos por el Poder Legislativo. Si a esto añadimos el modo cómo se eligen los magistrados de los más altos tribunales, su independencia judicial se hace en nuestro país tropieza burda y continuamente con el «Espíritu de las Leyes«. Esto último tiene la ventaja de parecer lógico porque aún no conozco a personas que reivindique que sea la soberanía popular la que elija a los magistrados. (Exactamente: que podamos elegir a quienes creamos que van a ser los mejores magistrados).
No entiendo bien por qué piensan los entendidos, que el pueblo sencillo no sabría distinguir bien a la hora de elegir a los jueces democráticamente, como democráticamente se eligen a los representantes legislativos.
Las señoras y señores diputados a Cortes, para ser elegidos, no requieren pasar obstáculos académicos o administrativos; sino aquellos que presenta el partido político al que pertenecen; por lo tanto, el poder legislativo, el que hace las leyes, puede muy bien componerse de personas que jamás antes haya tenido experiencia de cómo se hace una ley, y al parecer eso lo vemos “normal”. Y de este grupo de personas electas, es, -de entre ellas- quienes deciden quién será el responsable del poder ejecutivo, que seguirá jugando en el terreno de lo legislativo, por lo que podemos afirmar que esos dos poderes no están separados, y mucho menos separados por la voluntad del pueblo.
El pueblo no ejerce su capacidad soberana para elegir al poder ejecutivo, como tampoco se le pide opinión sobre el judicial, que es -inexplicablemente- inopinable y debe ser respetado como cuando se respetaba el poder absoluto del rey en aquellos tiempos absolutos.
Inocente, que es libre de culpa, que rebosa candidez, sin malicia y fácil de engañar.
Hoy es el día dedicado a reconocer y valorar la inocencia; esta tradición festiva se remonta a la época del Imperio Romano. Entrado el solsticio de invierno, se celebraban las Saturnales, fiestas en honor a Saturno. Y consistía en disfrutar la broma consistente en que esclavos y amos se intercambiaban los papeles durante unos días.
Reavivar esta idea no busca ofrecer una alternativa a nuestros clásicos eventos navideños, es un intento de evitar la pérdida de la inocencia huyendo de la culpabilidad y es un intento de no olvidar que debe seguir siendo bueno repartiendo alegrías naturales en esta era de la Inteligencia Artificial.
Podemos y debemos seguir buscando en los poemas de Gloria Fuerte y en los cánticos de Joaquín Díaz, los valores discretos de la humildad y el compromiso con los demás y con los más necesitados.
No será la primera vez que un grupo de personas, un periódico, una radio o una televisión corren un falso bulo un día como hoy, 28 de diciembre, día de los inocentes. Mi deseo es que no sufras el contagio de los culpables y que así sigas libre.
Una vez que a mí me dijo aquella profesora que ya había aprobado la última asignatura de aquella larga carrera, yo no tengo idea exacta si la licencia universitaria era solo para pensar (Filosofía), para leer y escribir (Letras), para enseñar (rama Pedagogía) o para seguir estudiando el mundo educativo (Especialidad en Supervisión Educativa). El caso es que yo me sentía aún sin llenar y me pertreché de ánimos para iniciar los estudios serios de Economía.
Aquello era insoportable, apenas aguanté seis asignaturas y me retiré del ruedo economicista antes de completar el segundo año. Bien pronto sospeché que allí no existían axiomas o hipótesis que llegase a ser adultas tesis; todo se presentaba y me parecía un cúmulo de apuestas que rebuscaba después números para explicar cómo habían fallado las previsiones.
Claro que mucho antes que yo se dio cuenta Alfred Nobel y por eso dedicó buena parte de su fortuna para premiar, año tras año, los mejores trabajos científicos en los campos de la Fisiología, la Química y la Física; para equilibrar el árbol de los saberes, añadió el reconocimiento a las dedicaciones de la Literatura. No sé por qué se olvidó de la Matemática y de la Filosofía. Sabroso el reconocimiento que hace para las entidades o personas en favor de la Paz; aunque últimamente se confunda tan hábilmente eso de «buscar» la paz, con encontrarla.
La relación de los últimos ganadores del Premio Nobel de Economía, ni siquiera guarda atención a las aportaciones de Psicología, Sociología y Política tal como se acordó hacer a partir de 1995, acuerdo por el que se abría el compromiso de redefinir el Nobel de Economía como un premio a las ciencias sociales. Antes, tal premio lo decidían cinco economistas elegidos por el Banco Central de Suecia. ¿No lo sabían?
Bien. Están a punto los responsables de anunciar urbi et orbe su decisión dándonos a conocer el personaje o institución que merezca, en esta desanimada edición, la alegría del premio. Contemplando el panorama económico a nivel o global o a nivel comarcal, no parece creíble que debamos hacer reverencia a las teorías, modelos o sistemas remediadores de la general pobreza, que se agranda con la misma amplitud que lo hace la riqueza.
Aunque lo mismo llega tarde, yo propongo que se suspenda la concesión del Nobel de Economía como prueba evidente de la falta de aplicación práctica de tan débil y falaz conjunto de principios científicos.
De inmediato mi memoria me traslada al desaparecido “Toro de la Vega”, prohibido ya hace ocho años, lo que supuso un gran paso hacia la Cultura. Así, con ritmo pausado, nos vamos desprendiendo del riesgo atávico a la vez que dejamos a la cordura su imperio. No obstante, seguimos con tropiezos.
“Nadie me puede explicar lo que es el toro de fuego, yo soy de Belén» ha sentenciado su alcaldesa, Inés Rubio, justificando así la prohibición a que se celebre tan tradicional fiesta en ese pueblecito extremeño pegado a Trujillo y del que es su pedanía.
Los pueblos en verano, no siempre tienen la capacidad de hacer brillar a sus dirigentes y, a la vez, suelen mostrar la oscuridad de sus ciudadanos; aunque siempre hay excepciones. Yo no acabo de conocer la esencia y disfrute de la fiesta; sé que hay un toro, que hay fuego… pero distante a la manera de los embolados levantinos, han ideado los papaldeños otra forma de diversión con estos dos elementos: toro y fuego. Pasean por sus calles al “toro de fuego” espectáculo en el que sacan a hombros la figura de un toro que expulsa pirotecnia, el ayuntamiento de Trujillo lo ha considerado peligroso, al estar el ambiente en riesgo muy alto de incendios, y ha decidido que no se celebre la «fiesta».
Unos 30 vecinos se reunieron en el consistorio para mostrar su enfado ante la mandataria a la vez que Juan Arquímedes Martín, representante y portavoz de la comisión de fiestas de esta pedanía de Trujillo, dimite de su cargo por haber recibido «comunicaciones».
Para los amantes de las cosas que han pasado, Fáralis fue un regidor siciliano que debido a su crueldad, ingresó en los libros que cuentan historias que no deben repetirse. Como personaje regio, tuvo su corte de adoradores, adivinos y concubinas, guerreros y artesanos,… y a uno de ellos le propuso realizar una especie de estatua hueca de un toro, dentro de la cual, debería introducirse a quien mereciese castigo ejemplar.
En medio de la plaza, y tras previo aviso al vecindario para que contemplase el mensaje, se asentaba la estatua, que se abría por un costado por el que se adentraba a la fuerza al infeliz acusado. Bajo la estatua de bronce se procedía a encender una hoguera que de inmediato calentaba la panza del toro y todo el recinto interior, que tan sólo tenía el diseñado escape de la boca; de tal forma, que los alaridos y los gritos de la víctima se expulsaban por el hocico, donde se habían dispuesto una serie de tubos y conductos que hacían parecer que la figura bramaba debido a los alaridos de la persona que estaba asándose dentro.
De cómo vamos cambiando figuras y mensajes taurinos dan cuenta las historias.
Casi tengo una edad que pesa casi tres cuartos de siglo, que me acompaña con el hábito periódico y circular de atender y disfrutar de un huerto diverso y ajustado, que repite sus frutos con aciertos dispares, apetecibles y gozosamente naturales.
En plena primavera, al uso de mi escasa cultura de labriego, dispongo para que la madre Tierra me devuelva tomates, pimientos, berenjenas, guindillas, calabacines y calabazas. Esto es, que a lo largo del verano, el huerto provoque y satisfaga nuestras suculentas ensaladas, a las que se pueden añadir los frutos de la cuidada arboleda: higos, manzanas, peras y moras belgas.
Así que llega el molesto periodo de las calores desconocidas, que arruga a las plantas, que empequeñece frutos, que hace aparecer colores inesperados, que tiñe de color amarillo muerto a las hojas verdes,…que no se combaten pese al agua fresca y generosa. Y todo ello pasa muy alejado del comienzo de septiembre aunque las uvas cambien de color,… que es en ese tiempo cuando las tomateras abandonan.
No me conozco en este verano tórrido y alejado del alegre y luminoso calor. Cada año Lo percibo más infernal.
Así que me concluye la experiencia de que «eso del cambio climático» es un agradable eufemismo para evitar la desastrosa expresión de la «neoplasia de nuestro planeta».
Aún no sé por qué me dediqué entonces a contar los árboles que tenía mi pueblo en el espacio urbano; fue el tiempo de un gran cambio social: los vecinos decidieron confiar la alcaldía al equipo de José Cortés Ojalvo, hombre socialista dedicado a la sencillez del pensamiento para justificar su generosidad. Era verano cuando se produjo el cese del alcalde franquista y correspondía entonces iniciar formas diferentes de mostrar decisiones de gobierno. En estos recuerdos, vuelvo a intentar recabar la razón, o las razones que me llevaron a contar árboles públicos.
En la plaza del Ayuntamiento seguían creciendo tres hermosos árboles, acacias que daban sombra a la antesala de los soportales y abrigaban la decoración dominical de las vendedoras de pipas y golosinas: La Chata, tía Patrocinio, la señora Nati, El Pollino y La Pola. En orden de Oriente a Occidente.
En la calle Larga Baja, un celtis y una acacia señalaban la casa de Florencio el sastre y la casa de Lucila Cortés. No había más por muy larga que era, y sigue siendo, la calle Larga Alta y la calle Larga Baja.
Dentro del arandel de la iglesia del pueblo conté doce ejemplares: dos palmeras, siete cinamomos y tres acacias.
Para seguir contando árboles subí al paseo, que años atrás comenzaba a tratarse como primer anuncio de zona ajardinada; entre los árboles sembrados a ambos lados de la carretera que llegaba a Cáceres, comenzando por el cine y terminando por los restos del árbol en el que chocó el Tiburón de don Agustín el farmacéutico, había diecisiete ejemplares diversos. A la derecha del inicio de la carretera, un jardincillo cuadrado guardaba seis ejemplares de diversas coníferas que abrigaban a la Cruz de los Caídos; a partir de esta pequeña parcela ajardinada con pequeños y ralos setos de aligustres, se iniciaba el paseo. En paralelo, se presentaban dos hileras de poyos donde se sentaban las familias o amigos por el día y los novios por las noches. Quizá se pensó en ir disponiendo el paseo de forma que se fueren alternando los asientos y los árboles; pero algunos debieron perderse y quedaron más poyos de piedra que árboles. Entre Antonio “Rechina”, jardinero, y yo, contamos cincuenta y seis árboles, de los cuales tres eran ya eucaliptus hermosos, muchos olmos turcos, un tilo y otras variedades que no conocíamos el nombre.
Concluyendo: tres en la Plaza, dos en la calle Larga, doce alrededor de la iglesia, diecisiete en la carretera y cincuenta y seis en el paseo. No me dediqué a contar los que crecían en la barriada de las Casa Nuevas porque desde el principio, tan solo se sembraron arbustos en los jardincillos que, por primera vez acompañaron a las calles; posteriormente, fueron sembrándose árboles variados. Total, poco más de noventa árboles tenía Casar de Cáceres en su casco urbano a finales de los años setenta del siglo pasado.
Naturalmente, no tengo idea aproximada de los árboles que crecían en corrales de las casas y patios de los vecinos; sin duda, muchos más que los que crecían en espacios públicos.
Este repertorio histórico del nuestro arbolado urbano lo traigo a colación porque defiendo que una población debe tener, al menos, tantos árboles públicos como vecinos. Somos unos cuatro mil quinientos paisanos según el censo y apenas hay tres mil doscientos árboles en espacios públicos. Según esta comparativa, nos faltan unos mil trescientos árboles que plantar.
Me apetece publicar estos datos porque recientemente he podido leer en la prensa que la ciudad de Plasencia tiene unos cuatro mil árboles y pretende ampliar su parque forestal con doscientos árboles más “para combatir el cambio climático”.
El Estado parece cosa indiscutible para garantizar la defensa del hombre de otros hombres; salvo para los anarquistas, que opinan lo contrario gracias a que hay Estado.
Al parecer de los pensamientos recogidos por las personas que no tenían blog, hubo de esperar siglos para que un noble barón que hacía pasillos y salas con la gente poderosa, propusiese la conveniencia de asentar el poder en tres patas, quizá partiendo de la observación sólida de que las mesas no cojean cuando tienen tres patas; digamos que sería como una reflexión profunda y “popular” en el sentido perdido del término. O, tal vez, esta famosa terna estatal provenga de aquella “trias politica”. O quizá que la monarquía no funcionó, tampoco la diarquía e intentaron la triarquía.
Don Carlos Luis ofreció a la época de finales del XVII la idea de que muy bien los pueblos podrían gobernarse mejor, si se diversificaban las tareas poderosas; si unos cuantos hombres se ocupaban del asunto de hacer las leyes, otros distintos se dedicasen a observar y cumplir su ejecución y otros desempeñasen la tarea de valorar su cumplimiento.
Modernamente esta teoría sobre el poder se denomina, en sentido estricto, separación de funciones o separación de facultades, a pesar de que considera al poder como único e indivisible y perteneciente original y esencialmente al titular de la soberanía nación/pueblo, resultando imposible concebir que aquél pueda ser dividido para su ejercicio. La teoría apareció en 1758 gracias al citado Barón de Montesquieu, y las primeras líneas maestras se escribieron cuando, en 1787, James Madison convenció al grupo de redactores de la Constitución de los Estados Unidos de América.
Claro, si esta separación se obedece en extremo por cualquiera de los tres poderes, el estado corre el riesgo de quedar inutilizado de soberanía por mera incomunicación; la dificultad estriba en que cada uno de los poderes sepa ser independiente sin dejar a un lado cualquiera de los otros dos. Para tratar del corregir esta posible desviación, el parlamentarismo inglés añadió el concepto “checks and balances” con el fin de mejorar algunos evidentes distanciamientos; la aportación inglesa se refiere a varias reglas de procedimiento que permiten a uno de los poderes limitar a otro; por ejemplo, mediante el veto que el presidente de los Estados Unidos tiene sobre la legislación aprobada por el Congreso, o el poder del Congreso de alterar la composición y jurisdicción de los tribunales federales. Cada país que emplee la separación de poderes tiene que tener, debe tener, su propio mecanismo de checks and balances.
Estamos entonces frente al eterno peligro que edificamos cada vez que hacemos partes teóricas de un problema que en la práctica sólo es uno; cuando analizamos para distinguir, corremos el peligro de hacer creer que las partes son reales, independientes, con existencia propia y autónoma y no fruto de la imaginación.
Nótese que nunca se propuso que el personal cumplidor recibiese parabienes, consideraciones, premios o regalías; antes bien, aquellos que transgredisen las normas, todo el mundo entendía que era merecedor de un castigo. Para ello era necesario que fuesen descubiertos, obligados después a declarar, detenidos si el suceso revestía gravedad, contrastada su falta con los preceptos y escuchadas las diferentes partes afectadas en el proceso; con todo ello, la figura del juez emitía un edicto naciente de su juicio, del ejercicio de comparación contrastada y del su raciocinio: construía una sentencia ya prevista por las leyes, luego no era tan independiente. De la misma forma, las personas dedicadas a confeccionar nuevas leyes debía de depender de la estructura jurídica global que las permitiese; como si fuese cierto y conveniente gobernar con el rabillo del ojo, legislar con miedo y juzgar con prudencia.
Como tengo muchas cosas que hacer, ahora no me quiero ocupar en preguntarme por qué los teóricos del Derecho Positivo no han sabido influir en componer sanciones positivas destinadas a las personas obedientes y buenas; como si pareciese más acertado dar un palo al malo que un beso al bueno, por ejemplo.
Tampoco conozco a pensadores que se hayan atrevido a disgregar aún más el poder. Para este caso, reflexionar si han de ser tres las partes separadas o han de ser cuatro o siete. ¿ Por qué tres y no más ?
Todo esto que parece sencillote y asumible, sigue fuera del criterio de los gobiernos de más de tres mil millones de seres humanos: más de la mitad de la Humanidad no vive conforme a la creencia de Don Carlos Luis; de la otra mitad, apenas se valoran sus gobiernos con el calificativo de “demócrata”, y del escasito resto humanitario, son tan lánguidas las credenciales, que aún después de 200 años seguimos pisoteando, puenteando, burlando y retorciendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Los franceses y los paisanos ingleses de las colonias en América del Norte fueron los primeros aventureros en adquirir ración completa de Democracia para asegurar la condición fraterna, libre e igualitaria del pueblo a la hora de gobernarse; a eso llamamos Democracia; sustantivo que también se usa para cosas parecidas que pecan de alguna escasez de Libertad, algún desdén de Fraternidad o alguna torpeza de Igualdad. Naturalmente, también existen mezclas diversas de deficiencias; para que ustedes lo gusten mejor, es como si comparamos un jamón de bellota de dos años de curación, con la diversidad pernil (existe aquí tanta diversidad, que la verdadera especie corre peligro).
Pues lo mismo pienso ya de la Democracia en estos tiempos; reflexionando sobre las aventuras italianas, sobre la ética de la derecha española, sobre el desamparo de la ciudadanía en los países árabes, las persecuciones chinas o el abandono sociopolítico de la sanidad de los pobres en la nación más rica y poderosa del mundo, me parece que son muy pocos los que degustan bocatas de jamón ibérico extremeño.
Una de las cosas que me siguen haciendo torpe en este embrujo social es cuando contemplo que se puede caricaturizar, criticar, burlar, insultar,… a cualquier miembro del poder ejecutivo.¿ Por qué está permitido y alentado el desprestigio de la personalidad política y decimos que a los jueces hay que respetarlos aunque no compartamos sus pronunciamientos?. A una señora diputada al Congreso se le puede decir una colección de antojos, a un ministro, colección y media; pero a un juez solo le viene bien el lacerante “no compartir su criterio”. Claro percibimos que hay una pata de la mesa como intocable, y que no nos atrevemos a cuajar el mismo respeto a las gentes que componen el poder legislativo y el poder ejecutivo. ¿Por qué no está penado con la ley decir que el jefe del ejecutivo es un bobo solemne y te puede costar más de un disgusto decir que tal jueza es una boba solemne?
Además de la incongruencia ética anterior, padecemos falta de rigorismo democrático: ¿Por qué al pueblo soberano se le ha declarado torpe para elegir al estamento judicial?.¿Por qué se autoriza al poder legislativo para elegir a los miembros del Judicial y no al revés? ¿Porqué el Consejo del Poder Judicial no puede elegir al Consejo de Ministros?. ¿ Qué produce más daño democrático, burlarse de un juez o burlarse de un Diputado en Cortes?
El Consejo General del Poder Judicial se crea como para garantizar la independencia de los magistrados frente a los otros dos poderes del Estado; sin embargo, son elegidos por el Poder Legislativo. Si a esto añadimos el modo cómo se eligen los magistrados de los más altos tribunales, su independencia judicial se hace en nuestro país tropezando continuamente con el «Espíritu de las Leyes«. Esto último tiene la ventaja de parecer lógico porque aún no conozco a personas que reivindique que sea la soberanía popular la que elija a los magistrados. (Exactamente: que podamos elegir a quienes creamos que van a ser los mejores magistrados).
No entiendo bien por qué piensan los entendidos, que el pueblo sencillo no sabría distinguir bien a la hora de elegir a los jueces democráticamente, como democráticamente se eligen a los representantes legislativos. Las señoras y señores diputados a Cortes, para ser elegidos, no requieren pasar obstáculos académicos o administrativos; sino aquellos que presenta el partido político al que pertenecen; por lo tanto, el poder legislativo, el que hace las leyes, puede muy bien componerse de personas que jamás antes haya tenido experiencia de cómo se hace una ley, y al parecer eso lo vemos “normal”. Y de este grupo de personas electas, es, -de entre ellas- quienes deciden quien será el responsable del poder ejecutivo, que seguirá jugando en el terreno de lo legislativo, por lo que podemos afirmar que esos dos poderes no están separados, y mucho menos separados por la voluntad del pueblo.
El pueblo no ejerce su capacidad soberana para elegir al poder ejecutivo, como tampoco se le pide opinión sobre el judicial, que es -inexplicablemente- inopinable y debe ser respetado como cuando se respetaba el poder absoluto del rey en aquellos tiempos absolutos.
Lo vuelvo a repetir, republico por entero mis reflexiones sobre la necesidad de unas elecciones para determinar el poder judicial.
El Estado parece cosa indiscutible para garantizar la defensa del hombre de otros hombres; salvo para los anarquistas, que opinan lo contrario gracias a que hay Estado.
Al parecer de los pensamientos recogidos por las personas que no tenían blog, hubo de esperar siglos para que un noble barón que hacía pasillos y salas con la gente poderosa, propusiese la conveniencia de asentar el poder en tres patas, quizá partiendo de la observación sólida de que las mesas no cojean cuando tienen tres patas; digamos que sería como una reflexión profunda y “popular” en el sentido perdido del término. O, tal vez, esta famosa terna estatal provenga de aquella “trias politica”. O quizá que la monarquía no funcionó, tampoco la diarquía e intentaron la triarquía.
Don Carlos Luis ofreció a la época de finales del XVII la idea de que muy bien los pueblos podrían gobernarse mejor, si se diversificaban las tareas poderosas; si unos cuantos hombres se ocupaban del asunto de hacer las leyes, otros distintos se dedicasen a observar y cumplir su ejecución y otros desempeñasen la tarea de valorar su cumplimiento.
Modernamente esta teoría sobre el poder se denomina, en sentido estricto, separación de funciones o separación de facultades, a pesar de que considera al poder como único e indivisible y perteneciente original y esencialmente al titular de la soberanía nación/pueblo, resultando imposible concebir que aquél pueda ser dividido para su ejercicio. La teoría apareció en 1758 gracias al citado Barón de Montesquieu, y las primeras líneas maestras se escribieron cuando, en 1787, James Madison convenció al grupo de redactores de la Constitución de los Estados Unidos de América.
Claro, si esta separación se obedece en extremo por cualquiera de los tres poderes, el estado corre el riesgo de quedar inutilizado de soberanía por mera incomunicación; la dificultad estriba en que cada uno de los poderes sepa ser independiente sin dejar a un lado cualquiera de los otros dos. Para tratar del corregir esta posible desviación, el parlamentarismo inglés añadió el concepto “checks and balances” con el fin de mejorar algunos evidentes distanciamientos; la aportación inglesa se refiere a varias reglas de procedimiento que permiten a uno de los poderes limitar a otro; por ejemplo, mediante el veto que el presidente de los Estados Unidos tiene sobre la legislación aprobada por el Congreso, o el poder del Congreso de alterar la composición y jurisdicción de los tribunales federales. Cada país que emplee la separación de poderes tiene que tener, debe tener, su propio mecanismo de checks and balances.
Estamos entonces frente al eterno peligro que edificamos cada vez que hacemos partes teóricas de un problema que en la práctica sólo es uno; cuando analizamos para distinguir, corremos el peligro de hacer creer que las partes son reales, independientes, con existencia propia y autónoma y no fruto de la imaginación.
Nótese que nunca se propuso que el personal cumplidor recibiese parabienes, consideraciones, premios o regalías; antes bien, aquellos que transgredisen las normas, todo el mundo entendía que era merecedor de un castigo. Para ello era necesario que fuesen descubiertos, obligados después a declarar, detenidos si el suceso revestía gravedad, contrastada su falta con los preceptos y escuchadas las diferentes partes afectadas en el proceso; con todo ello, la figura del juez emitía un edicto naciente de su juicio, del ejercicio de comparación contrastada y del su raciocinio: construía una sentencia ya prevista por las leyes, luego no era tan independiente. De la misma forma, las personas dedicadas a confeccionar nuevas leyes debía de depender de la estructura jurídica global que las permitiese; como si fuese cierto y conveniente gobernar con el rabillo del ojo, legislar con miedo y juzgar con prudencia.
Como tengo muchas cosas que hacer, ahora no me quiero ocupar en preguntarme por qué los teóricos del Derecho Positivo no han sabido influir en componer sanciones positivas destinadas a las personas obedientes y buenas; como si pareciese más acertado dar un palo al malo que un beso al bueno, por ejemplo.
Tampoco conozco a pensadores que se hayan atrevido a disgregar aún más el poder. Para este caso, reflexionar si han de ser tres las partes separadas o han de ser cuatro o siete. ¿ Por qué tres y no más ?
Todo esto que parece sencillote y asumible, sigue fuera del criterio de los gobiernos de más de tres mil millones de seres humanos: más de la mitad de la Humanidad no vive conforme a la creencia de Don Carlos Luis; de la otra mitad, apenas se valoran sus gobiernos con el calificativo de “demócrata”, y del escasito resto humanitario, son tan lánguidas las credenciales, que aún después de 200 años seguimos pisoteando, puenteando, burlando y retorciendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Los franceses y los paisanos ingleses de las colonias en América del Norte fueron los primeros aventureros en adquirir ración completa de Democracia para asegurar la condición fraterna, libre e igualitaria del pueblo a la hora de gobernarse; a eso llamamos Democracia; sustantivo que también se usa para cosas parecidas que pecan de alguna escasez de Libertad, algún desdén de Fraternidad o alguna torpeza de Igualdad. Naturalmente, también existen mezclas diversas de deficiencias; para que ustedes lo gusten mejor, es como si comparamos un jamón de bellota de dos años de curación, con la diversidad pernil (existe aquí tanta diversidad, que la verdadera especie corre peligro).
Pues lo mismo pienso ya de la Democracia en estos tiempos; reflexionando sobre las aventuras italianas, sobre la ética de la derecha española, sobre el desamparo de la ciudadanía en los países árabes, las persecuciones chinas o el abandono sociopolítico de la sanidad de los pobres en la nación más rica y poderosa del mundo, me parece que son muy pocos los que degustan bocatas de jamón ibérico extremeño.
Una de las cosas que me siguen haciendo torpe en este embrujo social es cuando contemplo que se puede caricaturizar, criticar, burlar, insultar,… a cualquier miembro del poder ejecutivo.¿ Por qué está permitido y alentado el desprestigio de la personalidad política y decimos que a los jueces hay que respetarlos aunque no compartamos sus pronunciamientos?. A una señora diputada al Congreso se le puede decir una colección de antojos, a un ministro, colección y media; pero a un juez solo le viene bien el lacerante “no compartir su criterio”. Claro percibimos que hay una pata de la mesa como intocable, y que no nos atrevemos a cuajar el mismo respeto a las gentes que componen el poder legislativo y el poder ejecutivo. ¿Por qué no está penado con la ley decir que el jefe del ejecutivo es un bobo solemne y te puede costar más de un disgusto decir que tal jueza es una boba solemne?
Además de la incongruencia ética anterior, padecemos falta de rigorismo democrático: ¿Por qué al pueblo soberano se le ha declarado torpe para elegir al estamento judicial?.¿Por qué se autoriza al poder legislativo para elegir a los miembros del Judicial y no al revés? ¿Porqué el Consejo del Poder Judicial no puede elegir al Consejo de Ministros?. ¿ Qué produce más daño democrático, burlarse de un juez o burlarse de un Diputado en Cortes?
El Consejo General del Poder Judicial se crea como para garantizar la independencia de los magistrados frente a los otros dos poderes del Estado; sin embargo, son elegidos por el Poder Legislativo. Si a esto añadimos el modo cómo se eligen los magistrados de los más altos tribunales, su independencia judicial se hace en nuestro país tropezando continuamente con el «Espíritu de las Leyes«. Esto último tiene la ventaja de parecer lógico porque aún no conozco a personas que reivindique que sea la soberanía popular la que elija a los magistrados. (Exactamente: que podamos elegir a quienes creamos que van a ser los mejores magistrados).
No entiendo bien por qué piensan los entendidos, que el pueblo sencillo no sabría distinguir bien a la hora de elegir a los jueces democráticamente, como democráticamente se eligen a los representantes legislativos. Las señoras y señores diputados a Cortes, para ser elegidos, no requieren pasar obstáculos académicos o administrativos; sino aquellos que presenta el partido político al que pertenecen; por lo tanto, el poder legislativo, el que hace las leyes, puede muy bien componerse de personas que jamás antes haya tenido experiencia de cómo se hace una ley, y al parecer eso lo vemos “normal”. Y de este grupo de personas electas, es, -de entre ellas- quienes deciden quien será el responsable del poder ejecutivo, que seguirá jugando en el terreno de lo legislativo, por lo que podemos afirmar que esos dos poderes no están separados, y mucho menos separados por la voluntad del pueblo.
El pueblo no ejerce su capacidad soberana para elegir al poder ejecutivo, como tampoco se le pide opinión sobre el judicial, que es -inexplicablemente- inopinable y debe ser respetado como cuando se respetaba el poder absoluto del rey en aquellos tiempos absolutos.
Yo no tendría la mayoría de edad cuando, por primera vez, el alcalde Fermín Manzano recibió la visita de Valentín Gutiérrez que era a la sazón el Gobernador Civil de la provincia de Cáceres, que vino a conocer el negro asfaltado de la calle Larga. Aquella obra era de crucial importancia pues se iniciaba la desaparición del empedrado de las calles del pueblo. El señor gobernador calzaba unos zapatos blancos y marrones, al estilo colonial, que contrastaba con el negro alquitrán. También aquella visita debió servir para certificar la construcción del complejo turístico del Campo de Tiro en los márgenes del pantano recién construido. Entonces yo era pescador que atendía a la teoría y a la práctica del señor Miguel “Cartagena”, así que repetidas situaciones y experiencias las vivimos juntos un mozalbete y un viejo que se resistía a ser anciano.
La zona pedregosa de la margen sur del embalse era siempre la preferida de los que gustábamos capturar black-bass con cucharilla. La cucharilla era para los iniciados un extraño invento y trampa pues nos seguía aparentando raro que una cosa metálica dando vueltas hiciese creer al pez que era un bocado apetitoso. Se daba la circunstancia de que esa zona estaba –y sigue estando- dentro del área donde caían los platos y los vagos de plomo. Así, durante más de medio siglo, la extensa zona de la margen derecha del pantano recibió miles y miles de platos y miles y miles de kilos de plomo. El material cerámico con el que se confeccionan los platos, parece que no es nocivo; pero su pintura sí.
El plomo acumulado en el fondo del pantano provoca y fomenta reacciones químicas en el agua embalsada que pueden ocasionar una enfermedad producida por envenenamiento, enfermedad que afecta a prácticamente todos los sistemas del cuerpo; pero es particularmente perjudicial para el sistema nervioso, La prevención es un componente crucial en el manejo del saturnismo.
En aquellos tiempos nuestra mayor preocupación era la invasión de los márgenes porque los tiros impedían el estar y el tránsito por la orilla de tal forma, que si alguien estaba pescando y se presentaban los “deportistas”, con dos o tres tiros al aire y voces claras, te invitaban a alejarte. Claro, por muchos pinchos que tuvieran las poteras, era inviable enfrentarse a los escopeteros. Para solventar este conflicto, ni tan siquiera el señor Gobernador Civil tenía competencia, según me dijo en presencia del Alcalde, mientras ambas autoridades se daban con el codo; eso es competencia de la Confederación Hidrográfica del Tajo –dijo-. Al poco tiempo, Fermín Manzano, me hizo saber lo inoportuno de mi inocente intervención.
Por cierto, hablando de los márgenes del pantano que decimos “viejo”, otro de los problemas con los que nos encontrábamos los pescadores –y aún persisten- se centran en el margen derecho: cuando el embalse alcanza su capacidad máxima, es imposible transitar por lo que se conoce como “zona de policía” porque hay cercados que invaden las aguas, los muros de piedra se construyeron en zona que debió reservarse como “dominio público hidráulico”-
Pues con el transcurso del tiempo, yo llegué a ser concejal y conocí la ocasión de que un señor de la Confederación Hidrográfica del Tajo (CHT) se personó en el Ayuntamiento para anunciarnos que, entre otras cosas, venía a conocer el recinto vallado del pantano nuevo y el circuito del agua: captación, elevación, tratamiento, almacenamiento, distribución, depuración y vertido final al Arroyo de la Aldea, que es como llaman los de la CHT a Cagancha.
Todo estaba en orden según él, pero mi desordenada preocupación me hizo hacerle ver el extrañísimo caso de nuestra charca que vertía por un lado, que el aliviadero del muro estaba obstruido y fuera de servicio desde finales del siglo XIX, que la salida lateral transcurría bajo tinados y edificaciones, que como la salida habitual de todos los embalses, la nuestra no se utilizaba desde hace más de un siglo y por ende, los propietarios de parcelas, cercados y propiedades rústicas, habían reducido a la expresión mínima el cauce del Arroyo del Lugar y que incluso se había edificado sobre él y que la Charca Vieja y su protección perimetral había desaparecido y se había dificultado su acceso hasta el punto de que se tenía que entrar a gatas para conocer el estado lamentable de su existencia. El hombre no quiso entrar a verla, tampoco quiso darme ánimo, orientación o indicaciones para seguir reivindicando.
En estos días, veo varios y grandes vehículos como el de la foto, que dicen pertenecer a la “Vigilancia del dominio público hidráulico”, dependiendo del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, parece que están ocupados en el control de las agua y los lodos del Pantano Viejo y, según dicen los libros que tengo en casa, esos lodos no pueden ser aprovechados para mejorar la condición edafológica de los huertos, pues la contaminación indudable por el plomo puede provocar algo grado de intoxicación en las plantas que crezcan a su amparo.
Todo ello me apetece poner en conocimiento de alguien viejete o jovenzuelo que se atreva a dar a conocer a cualquiera de las personas que vienen en esos coches porque, como habrán concluido por esta corta historia, a mí nunca me hicieron caso.
Otro día les hablaré de mi experiencia con los manantiales, los abrevaderos, los pozos públicos y los pozos de sondeo que se hacen sin declarar.