Los papeles de Tovar

El blog de Gregorio Tovar. Una invitación a que revuelvas y critiques los papeles de un maestro de escuela.

Ahora la estación

 

 

Hubo un tiempo en el que nuestros temerosos gobernantes decidieron caminos de hierro con anchura diferente a las medidas que imperaban en la Europa que estaba al norte de los Pirineos. La razón que se dio a conocer, se justificaba porque así se impediría la invasión de ejércitos extranjeros a través del ferrocarril. Casi la totalidad de nuestra red ferroviaria es de “vía ancha”. La marca hispana era distinguirse del francés gabacho y demás transpirenaicos.

He vivido seis años en plena Europa Central, entre Bélgica, Alemania y Holanda y me ha tocado conocer la cultura del tren de por allí. Cuando el invierno invadía con su nieve las carreteras, casi todo el mundo optaba por viajar en tren; es más cómodo que el automóvil, te despreocupabas del aparcamiento, no era caro y te dejaba puntual en el centro. Sí, en el centro de la ciudad. La Estación Central de Bruselas está cerca de la Grand Place, la Estación Central de Colonia está justo al lado de su conocida catedral, la estación más importante de Maastrich se encuentra al lado de su famoso mercado,… y así ocurre con una aplastante mayoría de ciudades europeas grandes, medianas y pequeñas.

Nosotros, no. Ubicamos las estaciones en las afueras, aunque el paso de los años las rodea de barrios que hacen crecer la ciudad, y las engullen. Por tanto, las estaciones ibéricas requieren de un coche que te acerque o te recoja; nuestro sistema ferroviario sigue tardando muchos años en acomodar trenes, autobuses, tranvías, metro y automóviles, y sólo esta confluencia se intenta organizar en algunas grandes urbes españolas.

Muchos “cacereños de toda la vida” conocieron dónde estaba enclavada la estación que fue desmantelada para trasladarse al sitio actual. Estaba en lo que hoy es la barriada de Moztezuma; si así no hubiese sido, hoy tendríamos la estación no muy alejada del centro y muy cerca de la estación de autobuses.

En Bélgica, por ejemplo, la ciudadanía no teme a que sus propiedades puedan ser expropiadas para ampliar un hospital, construir un centro educativo o agrandar instalaciones ferroviarias; saben que el estado responde generosamente ante cualquiera de estas tres situaciones concediendo compensaciones ágiles y dignas.

Salvo rarezas, la duda de dónde reajustar la estación cacereña parece que no tiene averías, lo que me produce perplejidad.

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